Diplomacia de tribuna y agravios en serie: La peligrosa erosión del vínculo bilateral con el gigante del Sur.

Las relaciones diplomáticas entre la Argentina y Brasil atraviesan uno de los períodos más ásperos e inusuales de su historia contemporánea. Lo que comenzó como un eje de retórica electoral agresiva por parte de Javier Milei, ha derivado en una constante escalada verbal que desafía los códigos más elementales de la praxis institucional internacional y expone las profundas contradicciones entre el pragmatismo estatal y el dogmatismo ideológico.

 

Por Jesús Marcelo Delise [email protected] 

Desde su etapa como candidato presidencial, Javier Milei,  fijó como blanco recurrente de sus ataques al mandatario brasileño, Luis Inicio Lula da Silva, Entre otros mandatarios, sin olvidar las agresiones directas al papa Francisco quien fue tratado como el mismísimo diablo en la tierra.

Pero Regresando a El primer mandatario del país hermano, Lula Da silva fue blanco directo de una posición desquiciada y por momento enfermiza de un Milei que poco le interesa las  relaciones de hermandad entre ambos países.

Calificativos como «comunista», «corrupto» y «presidiario» formaron parte del repertorio habitual del líder libertario, para marcar una distancia ideológica infranqueable. Sin embargo, tras asumir el Poder Ejecutivo, las agresiones no cesaron ni se canalizaron a través de los carriles institucionales de la Cancillería, por el contrario, tuvieron episodios de alto voltaje directo en territorio brasileño.

Durante sus viajes a Brasil para participar en cumbres de la extrema derecha regional (CPAC) y convenciones del Partido Liberal alineadas con la familia de Jair Bolsonaro y sus hijos (Eduardo y Flávio Bolsonaro), Milei utilizó el escenario para embestir frontalmente contra el gobierno anfitrión y al Poder Judicial brasileño.

El jefe de Estado argentino no solo renovó sus insultos hacia Lula da Silva, sino que dirigió severos exabruptos hacia el ministro del Supremo Tribunal Federal (STF), Alexandre de Moraes, calificando las decisiones de la justicia local como persecución política y generando una crisis diplomática con la citación del embajador argentino por el Itamaraty.

El pragmatismo del auxilio energético: cuando la ideología necesitó de Petrobras

El contraste más nítido entre la pirotecnia verbal y la realidad de la gestión estatal se escenificó en mayo de 2024.  Ante una ola de frío polar y fallas de planificación en la infraestructura gasífera, Argentina quedó al borde del colapso y del desabastecimiento industrial por falta de gas natural.

En medio de la emergencia, el propio gobierno argentino a través de las gestiones diplomáticas de la Cancillería, tuvo que acudir de urgencia a Brasil para solicitar la liberación prioritaria de un barco de Gas Natural Licuado (GNL) de la empresa estatal Petrobras para socorrer la red argentina. Pese a los agravios sistemáticos recibidos, la administración de Lula da Silva destrabó operativamente las garantías bancarias y habilitó la descarga del suministro energético para evitar el parón productivo en suelo argentino. El episodio, dejó al descubierto una paradoja evidente, mientras la retórica presidencial denostaba al socio comercial, la continuidad operativa del país requirió del auxilio directo de la máquina estatal brasileña.

 

Un fallo cargado de falacias y ambigüedades baratas contra Lula Da silva.

El proceso contra Luis Inácio Lula da Silva, se enmarcó dentro de la operación Lava Jato, una megacausa sobre corrupción y desvío de fondos de la estatal Petrobras encabezada por el entonces juez federal Sergio Moro en Curitiba.

En aquel entonces, se acusó a Lula de haber recibido un departamento tríplex de lujo en el balneario de Guarujá (São Paulo) y la financiación de sus remodelaciones como soborno indirecto de la empresa constructora OAS, a cambio de facilitar contratos amañados con Petrobras.

En julio de 2017, Sergio Moro condenó a Lulas Da Silva en primera instancia a 9 años y 6 meses de prisión. En enero de 2018, el Tribunal Regional Federal de la 4ª Región (TRF-4) confirmó la condena y aumentó la pena a 12 años y 1 mes de cárcel. El 7 de abril de 2018, Lula ingresó en la sede de la Policía Federal en Curitiba, donde permaneció encarcelado durante 580 días.

 

Testigos clave y pruebas presentadas en el juicio

La acusación no presentó un título de propiedad a nombre de Lula, sino que argumentó que el departamento en cuestión, se mantenía en reserva para Lula a través de la constructora. Testigos más relevantes Léo Pinheiro (expresidente de la constructora OAS): Fue el testigo crucial.

Inicialmente había negado los hechos, pero tras pactar un acuerdo de delación premiada (reducción de condena), afirmó que el triplex estaba reservado para la familia de Lula y que las reformas se pagaron con un fondo de propinas de la empresa acumulado por contratos de Petrobras.  Antonio Palocci (exministro de Hacienda y de Gabinete de Lula), Declaró en su delación premiada que existía un «pacto de corrupción» entre el Partido de los Trabajadores (PT) y constructoras como Odebrecht y OAS para financiar campañas.

Los Planos y proyectos arquitectónicos encargados por OAS adaptados a los requerimientos de la esposa de Lula, Marisa Letícia,  visitas al inmueble, registros que acreditaban que Lula y su esposa visitaron la propiedad junto a ejecutivos de la constructora, borradores de contratos, documentos no firmados encontrados en el domicilio de Lula referidos a la compra o asignación del inmueble fueron elementos que desencadenaron una condena aparentemente irreversible.

 

El proceso de liberación y la anulación de las causas.

La salida de prisión y posterior anulación de los procesos de Lula se desarrollaron en dos etapas clave.

Primero – la salida de prisión (Noviembre de 2019) cuando el Supremo Tribunal Federal (STF) cambió su jurisprudencia sobre la ejecución de penas, determinando que ningún condenado podía ir a prisión antes de agotar todas las instancias de apelación (tránsito en juzgado), salvo prisión preventiva justificada.

Al contar con apelaciones pendientes, Lula fue liberado el 8 de noviembre de 2019.

Segundo – Anulación de condenas y falta de imparcialidad (2021). Las causas fueron desestimadas y declaradas nulas debido a dos fallos fundamentales del STF, Incompetencia territorial (Marzo de 2021), el juez Edson Fachin resolvió que la 13ª Vara Federal de Curitiba (dirigida por Moro) no tenía competencia jurídica sobre los casos de Lula, ya que no se demostró un vínculo directo específico entre el inmueble y los desvíos de Petrobras en Curitiba.

Lo cierto es que las causas debieron ser trasladadas a la justicia de Brasilia, con parcialidad del juez Sergio Moro (Suspeição), Tras las filtraciones periodísticas conocidas como «Vaza Jato» (publicadas por The Intercept), se revelaron conversaciones de Telegram entre Sergio Moro y los fiscales del caso que mostraron coordinación indebida, orientación de pruebas y falta de neutralidad.

El STF (y posteriormente el Comité de Derechos Humanos de la ONU) dictaminó que Moro no actuó como un juez imparcial y violó el debido proceso legal.

 

Estado jurídico actual

Las sentencias en su contra fueron completamente anuladas (no suspendidas), haciendo que los procesos volvieran a foja cero, debido a la prescripción de los plazos y al archivo definitivo dispuesto por los jueces correspondientes, Lula,  no posee antecedentes ni condenas vigentes, lo que restauró sus derechos políticos y le permitió competir en las elecciones de 2022.

 

El debate político gira en torno a las implicancias de la anulación judicial, el argumento expresado por Javier Milei muere en su intento de demostrar lo indemostrable, cayendo en contradicciones y malicia programada.

Milei afirma que la liberación de Lula respondió únicamente a un «recurso o error administrativo o falla de procedimiento» (aludiendo a los vicios de competencia territorial e imparcialidad) y no a un veredicto explícito sobre los hechos de fondo. Desde su punto de vista político, considera que las anulaciones procesales no borran las imputaciones iniciales.

El marco constitucional y penal en el derecho procesal moderno, describe a la anulación de un juicio por violaciones graves al debido proceso e imparcialidad dejando sin efecto legal las condenas dictadas. En virtud de la presunción de inocencia, al no existir condena firme dictada por un tribunal competente e imparcial, la persona vuelve a ostentar jurídicamente el estado constitucional de inocencia.

 

La frustración de la visita denegada y el contrapunto institucional.

Uno de los detonantes de la furia presidencial en suelo brasileño, fue la imposibilidad de visitar a su aliado político, el expresidente Jair Bolsonaro, sujeto a restricciones judiciales dispuestas por el Supremo Tribunal Federal. La negativa del juez Alexandre de Moraes encendió el enojo de Milei, quien acusó al magistrado de autoritarismo e injerencia judicial. Esta situación reabrió un contrapunto insoslayable con otros antecedentes en la región.

Hay un contraste que al día de hoy, sigue sacudiendo el tablero de la política argentina, el mismo, tiene matices que nunca podrán compararse con la condena de Jair Bolsonaro, hablamos del contraste con el caso de Cristina Fernández de Kirchner.  La expresidenta argentina, aun enfrentando complejos procesos judiciales e investigaciones en curso, ha mantenido agenda política y recibido en diversas ocasiones a figuras de la política internacional, Incluso, el propio Lula da Silva, en gestos de solidaridad de la centroizquierda continental, la visitó de manera pública sin que ello derivara en vetos ni en bloqueos judiciales de alcance internacional.

Injerencia vs. Criterio judicial.

La negativa de la justicia brasileña a permitir que un presidente extranjero utilice una visita oficial o semi-oficial para realizar actos de apoyo partidario a un líder procesado fue leída por Brasilia como un resguardo institucional, mientras que, desde la Casa Rosada, se denunció como un atropello antidemocrático.

Redoblar la apuesta:

«Quedó en libertad por un error, no por inocente».  Lejos de moderar la postura en pos de la relación estratégica del MERCOSUR, Milei volvió a elevar el tono. En declaraciones brindadas al periodista Luis Majul, el mandatario argentino ratificó plenamente sus dichos y profundizó los descalificativos directos hacia su par brasileño. «Es ladrón, es un corrupto. Fue condenado y estuvo preso, lo liberaron por una falla administrativa, no por ser inocente.»

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El Presidente desestimó el impacto diplomático de sus expresiones argumentando que simplemente se remite a «decir la verdad» y cuestionó que se califiquen como agresivas sus palabras cuando, según su visión, la anulación de las condenas de la Operación Lava Jato respondió a un vicio procesal, la incompetencia territorial y la falta de imparcialidad del ex juez Sergio Moro, dictaminada por la Corte Suprema brasileña y no a una absolución sobre el fondo de la causa.

El uso de la política exterior como un escenario de batalla cultural e ideológica entraña riesgos severos para un país dependiente de sus lazos comerciales históricos. Brasil, es el principal socio estratégico y comercial de la Argentina, si bien las anulaciones judiciales restituirán jurídicamente a Lula da Silva a su pleno estado de inocencia procesal, el empeño del Ejecutivo argentino en dinamitar los puentes diplomáticos personales deja una incógnita abierta sobre el límite donde termina la retórica electoral y dónde comienzan las consecuencias reales para la economía y la geopolítica regional.

 

En la diplomacia entre naciones soberanas, las pasiones electorales y los dogmas partidarios deben ceder paso, indefectiblemente, a los intereses permanentes del Estado. El insulto estridente y la descalificación personal pueden rendir frutos en la dinámica del espectáculo político interno o en el aplauso de una tribuna afín, pero resultan profundamente estériles y riesgosos a la hora de conducir los destinos de un país.

Redoblar la apuesta contra el principal socio comercial de la Argentina, ignorando la institucionalidad de sus fallos judiciales y desestimando el pragmatismo que la propia realidad económica exige, no es una muestra de coraje ideológico, es una temeridad estratégica.

La historia demuestra que las retóricas de confrontación pasan, pero las consecuencias del aislamiento y el deterioro de la confianza bilateral las terminan pagando las sociedades a ambos lados de la frontera. Si la política exterior argentina insiste en manejarse bajo la lógica de la provocación constante, el costo no se medirá en minutos de televisión o interacciones en redes sociales, sino en el debilitamiento concreto del desarrollo y la posición geopolítica de toda la región.