La memoria selectiva de una cadena nacional.

En el día de ayer jueves por la noche, Javier Milei habló al país desde el Salón Blanco de la Casa Rosada, rodeado de todo su Gabinete, del titular de Diputados y de la senadora Patricia Bullrich.

El anuncio llegó después de dias de incógnitas y de especulaciones por querque no hace falta mucho para saber cuál es la posición de Javier Milei con respeto a la soberanía del atlántico sur.

Lo cierto es que llego el anunció, sanciones a las petroleras que operan sin autorización argentina cerca de Malvinas, la construcción de una base naval en Tierra del Fuego y la creación de un consejo de seguridad nacional.

Javier Milei habló de soberanía «sagrada», de «vientos de cambio» y de un reclamo histórico del pueblo argentino. Todo muy solemne, pero la solemnidad no borra un historial de dichos que conviene recordar antes de aplaudir de pie.

 

 

Por Jesús Marcelo Delise [email protected] 

Milei ha dicho, en distintos momentos y sin que mediara ambigüedad, que se siente identificado con Margaret Thatcher y que la considera una líder brillante, a la altura de Churchill o De Gaulle. En el debate presidencial de 2023, cuando Sergio Massa le recordó esos elogios y le preguntó directamente si Thatcher era su ídola, Milei no lo negó: defendió su rol en la caída del Muro de Berlín y evitó pronunciarse sobre los kelpers, a quienes en otras ocasiones había reconocido el derecho a la autodeterminación.

En una entrevista con la BBC en 2024 fue más allá: admitió que Argentina perdió la guerra, que eso no invalida su admiración por quien ordenó combatirla, y que escuchó «muchos discursos» de Thatcher y le parecen brillantes. La misma Thatcher que autorizó el hundimiento del crucero General Belgrano, con 323 argentinos muertos.

Ese mismo año, en el acto por el Día del Veterano, Milei propuso un giro discursivo respecto de la posición histórica argentina: que los isleños quieran pasarse al lado argentino «sin necesidad de disuasión ni convencimiento», como si la soberanía dependiera de un plebiscito de simpatía y no de un reclamo territorial e histórico. Se puede llamar realismo. También se puede llamar resignación travestida de estrategia.

 

El viaje a Chile que nadie mencionó en cadena nacional

Horas antes de grabar el mensaje, Milei aterrizó en Buenos Aires procedente de Chile, el dato no es menor si se tiene memoria. Durante la Guerra de Malvinas, la dictadura de Augusto Pinochet colaboró de manera encubierta con Londres: cedió instalaciones, compartió inteligencia y permitió el uso de un radar de origen británico en el sur de su territorio para seguir los movimientos de la aviación argentina, colaboración que quedó documentada años después en revelaciones periodísticas y desclasificaciones. Fue, además, la base de operaciones pensada para el escape de los comandos británicos que planeaban atacar la base aérea de Río Grande. ninguna cadena nacional necesita mencionar ese pasado para que siga pesando: la relación privilegiada entre Londres y Santiago no nació ayer, y la Argentina lo sabe.

 

Recursos que se explotaron durante años sin sanción

Lo que la cadena nacional presentó como una reacción firme llega después de que, durante buena parte de este mandato, la extracción de hidrocarburos en la Cuenca Malvinas Norte avanzara sin sanciones efectivas.

El proyecto Sea Lion, liderado en un 65% por la israelí Navitas Petroleum y en un 35% por la británica Rockhopper Exploration, sumó licencias, amplió bloques y anunció una inversión cercana a los 4.000 millones de dólares con el objetivo de comenzar a producir petróleo en 2028. El gobierno expresó rechazo diplomático en su momento, pero recién ahora, cuando el proyecto está a las puertas de extraer los primeros barriles, aparece el anuncio de sanciones e inhabilitaciones.

La pregunta que cabe hacerse es simple: ¿por qué la firmeza llega justo cuando el petróleo está a punto de fluir, y no cuando se otorgaron las licencias?

Y hay una pregunta incómoda de fondo. Navitas Petroleum es una empresa con sede en Herzliya, que cotiza en la Bolsa de Tel Aviv y cuya cúpula incluye a exfuncionarios del área energética del Estado de Israel.

El gobierno argentino mantiene con Israel una relación de cooperación estrecha, declarada y pública. ¿Qué va a hacer ahora con esos vínculos, más allá de un anuncio de sanciones genéricas a «empresas involucradas directa o indirectamente»? Es una pregunta que la cadena nacional no respondió.

La ilusión de Trump

Parte de la envión para el mensaje presidencial vino de unas declaraciones de Donald Trump, quien puso en duda la capacidad militar británica y no descartó «revisar» la histórica neutralidad de Washington sobre la soberanía de las islas. Milei, lo tomó como un guiño y habló de «vientos de cambio».

El Reino Unido respondió en horas, calificando la salida de Milei como una maniobra de política interna y ratificando que su compromiso con las islas es «absoluto e inquebrantable». Vale la cautela: la relación entre Washington y Londres tiene siglos de historia militar, comercial y de inteligencia compartida lo cual una frase de ocasión, motivada más por un reclamo de gasto militar a la OTAN que por convicción sobre Malvinas, no cambia esa arquitectura de un día para el otro. Apostar la política exterior a un comentario de Trump es, como mínimo, un ejercicio de wishful thinking.

 

La bandera que sí unió al país

En julio, cuando la Selección venció a Inglaterra en semifinales del Mundial 2026, los jugadores desplegaron sobre el campo una bandera con la leyenda «Las Malvinas son argentinas». La imagen recorrió el mundo, emocionó a veteranos de guerra y se replicó espontáneamente en canchas de todo el país. Fue, probablemente, el gesto de soberanía más genuino y menos calculado del año, nadie lo convocó desde un despacho oficial, nadie necesitó un decreto ni una cadena nacional pautada con semanas de anticipación y hermetismo de por medio.

Queda planteada, entonces, una pregunta que no es menor: ¿está Milei usando Malvinas como un salvataje político en un año electoral difícil, del mismo modo en que Leopoldo Galtieri intentó usar la causa en 1982 para sostenerse en el poder frente a una sociedad que ya no lo toleraba? La comparación es incómoda a propósito. Galtieri llevó a una generación de jóvenes sin preparación a una guerra perdida de antemano para tapar la crisis de una dictadura que se derrumbaba. Milei no está mandando a nadie a combatir, y esa diferencia es enorme y no debe minimizarse. Pero la lógica de instrumentalizar un reclamo histórico y sensible para desviar la atención de otros frentes internos es un patrón que la Argentina ya conoce, y que haría bien en mirar con ojo crítico, venga de donde venga.