San Martín nos legó la obligación de ser libres y soberanos; nunca la de someternos. De la gesta sanmartiniana a la colonia libertaria

Utilizar la figura de José de San Martín para justificar un proyecto de desmantelamiento nacional, no solo constituye un anacronismo histórico; es una afrenta a la memoria colectiva.

 

Por Jesús Marcelo Delise [email protected] 

En el acto central por el 176° aniversario del paso a la inmortalidad del Padre de la Patria tras diez días de ausencia pública, Javier Milei intentó trazar un paralelo entre su ideario y el legado sanmartiniano, sin embargo, la brecha entre ambos planteos es abismal. Mientras para el Libertador la libertad era la construcción soberana de una Patria digna, para el proyecto actual la «libertad» se reduce a la desregulación, el ahogo salarial, el ajuste sobre la educación y la salud pública, y el alineamiento geopolítico automático.

San Martín consagró su vida al servicio de la causa americana. Dejó una carrera militar consolidada en España para sumarse a la gesta independentista de Unidades Territoriales nacientes, su noción de Patria no era una entidad contable ni un obstáculo burocrático, sino la comunidad organizada en pos del bien común y la soberanía.

En el campo de batalla, su genio militar organizó el Regimiento de Granaderos a Caballo, ejecutó el Combate de San Lorenzo y concibió el Plan Continental: el cruce de los Andes y la liberación de Chile y Perú.

Pero San Martín fue un estadista integral, no solo un militar. Como Gobernador de Cuyo, impulsó la industria local, fomentó la educación pública, abrió bibliotecas e instituyó políticas sanitarias y de fomento productivo.

Comprendía que la libertad sin instituciones sólidas ni pueblo educado era una cáscara vacía. Nada más alejado del desprecio explícito al Estado y del remate de los recursos estratégicos a capitales extranjeros que promueve la administración vigente.

Resulta insostenible sostener, como afirmó Milei en su discurso, que “San Martín murió ignorado por el pueblo que había liberado”. Confundir las disputas facciosas de la elite porteña de la época con el sentir popular es ignorar la historia.

San Martín eligió el exilio en Boulogne-Sur-Mer justamente para no derramar sangre de sus compatriotas en luchas fratricidas. Jamás fue ignorado por el pueblo; por el contrario, se transformó en el máximo prócer de Argentina y Latinoamérica, venerado en todo el mundo y estudiado en las academias militares internacionales por su brillantez estratégica y su ética inquebrantable.

La libertad sanmartiniana significó independencia, soberanía económica y dignidad popular, pretender equiparar esa gesta histórica con la entrega geopolítica y el deterioro del bienestar social es un intento desatinado de apropiarse de una figura que pertenece a todos los argentinos.

El tutelaje extranjero sobre nuestras riquezas naturales ha alcanzado niveles explícitos.

Así se evidenció con las declaraciones del embajador de Estados Unidos, Peter Lamelas en el AmCham Energy Forum, quien condicionó el desarrollo de Vaca Muerta, advirtió contra la injerencia de capitales competidores como China e instó a definir el futuro del yacimiento bajo la mirada y las condiciones geopolíticas de Washington. A esta tutoría se suma la presencia de la titular del FMI, Kristalina Georgieva al supervisar Vaca Muerta junto al ministro de Economía, auditando los recursos que el país debería destinar a su propio desarrollo para garantizar, en cambio, el repago de una deuda asfixiante.

Me es necesario Sostener algunas reflexiones y parecer repetitivo porque don Jose, Nuestro libertador es mucho más que una figura que decora alguna escuela o libro de historia. Como ya describe en líneas anteriores, San Martín consagró su vida al servicio de la causa americana. Renunció a su carrera militar en España para sumarse a las Provincias Unidas, creando el Regimiento de Granaderos a Caballo, triunfando en San Lorenzo y ejecutando el Plan Continental que liberó a Chile y Perú, pero su visión de Patria iba más allá del campo de batalla: como Gobernador de Cuyo fomento las industrias locales, abrió escuelas y bibliotecas, y fortaleció la sanidad pública. Sabía que sin un Estado fuerte e instituciones soberanas no hay verdadera independencia.

Por eso, resulta inaceptable la afirmación del presidente al sostener que “San Martín murió ignorado por el pueblo que había liberado”. Confundir las intrigas de la elite porteña con el sentir de la masa popular es falsear la historia.

Si el Padre de la Patria se levantara y viera cómo se entregan los recursos que él liberó, cómo la diplomacia imperial dicta la agenda energética y cómo se sume en la penuria al pueblo que prometió defender, volvería a desenvainar su sable, no contra enemigos externos, sino contra la Within indignidad de quienes rematan la soberanía de la Nación.

Que no nos engañen con un patriotismo de cartón pintado ni con citas tergiversadas en discursos de ocasión. No hay honor ni gloria sanmartiniana en la sumisión, no hay heroísmo en destruir el salario de la familia trabajadora, ni en abandonar la salud pública, ni en apagar la ciencia argentina para postrarse ante las exigencias de potencias extranjeras y organismos internacionales.

Resulta inconcebible que, mientras se rompen de forma irresponsable y sistemática los lazos hermanos con las naciones de Nuestra América, las mismas que San Martín concibió como una sola gran Patria Grande, la política exterior libertaria elija arrodillarse, con un servilismo inédito, ante centros de poder salpicados por la opacidad, la arbitrariedad geopolítica y las atrocidades éticas más aberrantes de la política global.

San Martín no cruzó los Andes para que hoy rematemos los recursos naturales, regalemos la soberanía sobre nuestros yacimientos y aceptemos que embajadores extranjeros dicten la política energética de la Nación.

Si la patria no se vende, como juraron los héroes de nuestra independencia, es hora de interpelar el delirio de quienes confunden la libertad con la entrega.

Argentina no nació para ser colonia de nadie, y mucho menos el patio trasero de un imperio al que se le rinde pleitesía de rodillas. La historia no perdonará a los que prefirieron la rendición; la Patria, tarde o temprano, volverá a ponerse de pie.

 

San Martín nos legó la obligación de ser libres y soberanos; nunca la de someternos.