Llore cuando se fue de viaje El Flaco Espineta, Me estremecí cuando se fue El Diego, Llore cuando se fue el indio Solari y escuche sus canciones sin contener la tristeza por semanas. Hoy, mientras escribía esta editorial, sentía que una daga demasiado afilada me atravesaba el pecho
Por Jesús Marcelo Delise [email protected]
Pero Claro: hay despedidas que no se anuncian, se cantan. Hay adioses que no se escriben con tinta, se graban a fuego en la memoria de un pueblo entero y por lógica pura, hay hombres que, cuando se van, no dejan un vacío: dejan una religión.
Leo Messi dijo basta. Y el fútbol argentino, ese que lo vio nacer en los picados de Rosario, pero nunca lo tuvo bajo sus colores de club, se quedó mudo un instante, como se queda mudo el bandoneón antes del último compás. Porque este muchacho nunca jugó en una cancha de Primera argentina, nunca pisó una B Nacional, nunca sintió el fango de un potrero de Buenos Aires bajo los botines, y sin embargo, no hubo argentino que defendiera la camiseta con más sangre, más bronca sana y más amor que él. La Albiceleste no fue su oficio: fue su religión, y él fue su sacerdote más fiel.
No se lo regalaron, al contrario. hubo un tiempo y no fue corto en que una prensa despiadada, ávida de sangre y de titulares fáciles, lo acusó de no sentir los colores, de ser un extranjero con documento prestado, de correr menos que otros por una causa que no era la suya.
Lo compararon, lo midieron, lo pesaron con una vara que a nadie más le aplicaron, y él, en silencio, con la humildad de los grandes que no necesitan gritar para hacerse escuchar, siguió jugando. Siguió gambeteando, siguió poniendo el cuerpo, el alma y las lágrimas en una lucha que no era solo suya, sino de todo un país que necesitaba creer.
Un día, esa misma prensa, la que lo había crucificado, tuvo que arrodillarse, tuvo que comerse cada palabra, cada sospecha, cada nota canchera escrita desde el rencor, porque no hay verdugo que resista la evidencia de un dios jugando al fútbol.
El futbolista total, el cuerpo hecho pelota
Fue media punta, fue enganche, fue nueve de área, fue el que bajaba a tapar como un cinco de barrio y el que subía a definir como un killer de área chica. La pelota no era un objeto ajeno pegado a su pie, era una prolongación de su cuerpo, un órgano más, algo que respiraba con él. Gambeteó como quien baila un tango triste y furioso a la vez, con esa cadencia que desarma al rival antes de tocarlo, que humilla sin insultar, que destruye con elegancia.
No hubo marca que lo contuviera, no hubo sistema que lo explicara del todo, era simplemente el fútbol pensándose a sí mismo.
Y como es de público conocimiento, con toda esa grandeza jamás se subió a un pedestal que no fuera el que el pueblo le construyó a la fuerza del cariño. Firmó camisetas bajo la lluvia, se sacó fotos hasta después del pitazo final, escuchó a cada nene que le gritaba su nombre como quien le grita a un padre, fue grande sin ser soberbio, fue el ídolo más humilde que dio esta tierra futbolera.
Catar, la final que faltaba, y el trapo que no se negocia
Y llegó Catar, llegó la gloria que el destino le debía desde hacía dieciocho años de espera colectiva, llegó la Copa que unió generaciones, que hizo llorar a abuelos y nietos en el mismo abrazo, y en el camino, aquella semifinal cargada de historia contra Inglaterra, donde no se jugaban solo tres puntos. se jugaba una cicatriz que Argentina lleva desde Malvinas, un pedazo de dignidad nacional que él, sin necesidad de banderas ni discursos, supo honrar con el idioma que mejor domina, el gol, la entrega, la gambeta como acto de justicia histórica.
Ese partido no cerró solo una llave de Mundial, cerró un círculo, cerró una trayectoria implacable escrita con el sudor de quince años de selección.
Mitología de carne y hueso
Vivimos, sin saberlo del todo, en tiempos de dioses. Vimos a Ronaldinho hacer del fútbol una sonrisa eterna, vimos a Ronaldo el Fenómeno desgarrar defensas como quien desgarra el aire, Vivimos, antes que nada, en la sombra larga y eterna de Diego, el dios que nos enseñó que el fútbol también podía ser rebeldía y ternura, y en medio de todos ellos, caminando entre mortales con la humildad de quien no sabe que es leyenda, tuvimos al último dios del fútbol sobre la Tierra: Lionel Andrés Messi.
Hoy el héroe cuelga la camiseta, hoy el guerrero de mil batallas se despide del campo de guerra, pero los héroes cuando se retiran, no desaparecen, se transforman y así, sin gritos, sin necesidad de pedir permiso, Messi deja de ser el que juega para convertirse en el que se cuenta, de boca en boca, de padre a hijo, de potrero en potrero, en cada rincón de una Argentina que ya no tendrá que preguntarse nunca más si mereció a un dios, porque claro, lo tuvo, lo vio jugar, y ahora tiene el privilegio eterno de contarlo.
Gracias, Leo. El héroe se va. Y la leyenda aparece para nunca morir.



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