La bandera en el pecho y la memoria en el alma: Por qué esta Selección ya no tiene fronteras. Gracias selección Argentina por tanto.

Hay quienes buscarán hablar de épica en estas horas de silencio, otros elegirán las frases hechas sobre nunca bajar los brazos, sobre el mandato imperativo de no rendirse jamás, y en las calles, en las casas, en cada rincón donde late el suelo austral, la realidad se fragmenta en el sentir de su gente. Hay quienes hoy sienten un dolor profundo y punzante en el pecho, y otros que simplemente lloran, buscando desahogar una angustia que por momentos parece infinita.

 

Por Jesús Marcelo Delise [email protected] 

Pero si logramos tomar distancia del veredicto implacable del marcador, hay una certeza en la que todos, absolutamente todos, estaremos de acuerdo: la Selección Argentina fue de menor a mayor. El camino que les tocó transitar en esta contienda no fue el más fácil ni estuvo alfombrado de rosas; faltó el aire en las instancias decisivas, las piernas ya no respondían al alma, y los milagros, esos que tantas veces nos marcaron en la gloria, no siempre suceden de la manera que uno quiere. Lo cierto es que en cada contienda a veces se gana y otras se pierde, porque el fútbol, como la vida, dictamina sus propias leyes de madurez.

El partido ante España dejó un sabor amargo, hay que ser hidalgos y reconocer que se perdió ante un rival que se mostró superior en toda la cancha, manejando los hilos y replegando nuestras intenciones con una lucidez implacable. Sin embargo, la entereza de este plantel, su gallardía y su amor incondicional por lo nuestro, nunca, bajo ninguna circunstancia, estará en dudas.

Porque si me preguntan a mí, el mayor triunfo de esta selección llena de mística no se mide en copas de metal brillante, Su mayor victoria se llamó Malvinas. Ese fue, seguramente el partido más complejo de todos. Seamos claros: ponerle el pecho al imperio, plantarse ante los grandes poderes del mundo, no fue ni será jamás una tarea fácil, por eso, ver flamear una bandera con la inscripción “Las Malvinas son Argentinas” en las tribunas del mundo, no fue un acto de la casualidad; fue la patria puesta en el primer lugar, el recordatorio vivo de que el fútbol para nosotros es identidad, trinchera y memoria.

Esta selección que como bien dijo Lionel Scaloni, difícilmente podrá ser imitada, dio un paso hacia la gloria con la grandeza de los grandes patriotas que ha dado nuestra historia. Y no, no es una exageración de la pasión rioplatense, no lo es porque este grupo no solo jugó al fútbol; se entregó por completo a la memoria colectiva de un pueblo que reclamaba ser escuchado, y gracias a un plantel que adoptó con orgullo el nombre de la Escaloneta, el mundo entero tuvo que detenerse y oírlos.

Hoy el paladar guarda la hiel de la derrota y el vestuario procesa el duelo de lo que pudo ser pero no fue porque seguramente el destino tiene guardado para cada uno de estos muchachos algo más que un triunfo deportivo.Qque quede claro: lo que hoy es un sabor amargo en la boca, mañana será un reconocimiento que no tendrá fronteras. Lo que este grupo construyó, ladrillo a ladrillo, desde el escepticismo inicial hasta la admiración global, es un legado indestructible.

Levantemos la cabeza, sequemos las lágrimas y miremos al frente, porque los hombres que defienden la bandera con esa dignidad no pierden: se vuelven eternos en el alma de su pueblo.