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Paso al costado: el Presidente no va por la reelección

Las presiones sobre los precios y el peso definieron la decisión de Alberto Fernández de desistir de su reelección. Pero la experiencia demuestra que los intereses políticos de este tipo de operaciones buscan desestabilizar como forma de disciplinar y allanar el camino a los proyectos de la derecha.

Luis Bruschtein
 
 
Por Luis Bruschtein
 

En medio de una fuerte embestida contra el peso, en una situación muy vulnerable del Gobierno, y después de esforzarse de enviar todo tipo de señales a los mercados, la decisión del presidente Alberto Fernández de desistir de un segundo período presidencial, aparece más como forzada por una fuerte presión desestabilizadora que como la consecuencia del proceso interno en el Frente de Todos.

La decisión presidencial formaba parte del debate interno en la coalición oficialista, desde poco antes de las elecciones de medio término, a partir de los resultados de la negociación con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Hubo señales de peligro, pero la más contundente fueron esas elecciones legislativas de 2021 en las que el oficialismo perdió casi cuatro millones de votos. No hubo mudanza a Juntos por el Cambio. Algunos votantes migraron al discurso excéntrico y desencajado de Javier Milei, pero la mayoría se quedó en su casa y no fue a votar.

En ese debate, el Presidente daba a entender que veía esos resultados como una foto de coyuntura y que se podían remontar. Mantuvo hasta último momento su intención de presentarse a la reelección. En ese lapso, el entonces ministro Martín Guzmán no pudo frenar la inflación y enflaqueció las reservas. Y allí empezaron las presiones de los exportadores por una devaluación. Guzmán renunció y asumió Sergio Massa, más activo, más político y más pragmático que el ministro saliente.

Pese al ministro hiperactivo, el impacto de la guerra en Ucrania sobre el precio de los alimentos, las cláusulas restrictivas del acuerdo con el FMI y las presiones devaluatorias de exportadores y especuladores, atravesados también por la expectativa de un año delectoral, llevaron los índices de inflación a sus marcas más altas y el dólar blue saltó por las presiones especulativas.

Alberto Fernández descargó toda la responsabilidad de las políticas económicas en Sergio Massa, que aceptó esa división del trabajo que puso su destino sobre las brasas ardientes de una alta inflación que no cede. Massa chocó una y otra vez contra el incumplimiento de los formadores de precios y las exigencias cada vez más abusadoras de los exportadores.

En la puja por los precios, el Gobierno ha mantenido una posición dialoguista que la contraparte no respetó. En esa lógica, el Ejecutivo tendría que reforzar sus exigencias, pero no es el camino que se eligió, con el fin de evitar un escenario de confrontación, que entonces se trasladó al pueblo consumidor. Es un escenario conducido o creado por el llamado círculo rojo que al mismo tiempo ha logrado instalar en la oposición un discurso que llena sus expectativas.

Mil veces la historia argentina demostró que los regímenes basados en la represión no tienen sustentabilidad en el tiempo. Caen tarde o temprano. Cada vez que los representantes de la oposición de derecha de Juntos por el Cambio o los de Milei son interpelados sobre cómo afrontarían el descontento popular que provocarían las medidas que anuncian, la respuesta es más represión sin importar los argentinos que mueran en la resistencia a esas medidas.

Esa Argentina ya fue. Y dejó un saldo de dolor y vergüenza. Sin embargo, esas respuestas amenazantes fueron recibidas con aplausos de algunos sectores, en el Foro Llao Llao, la reunión de empresarios en Bariloche, donde expusieron los candidatos de la derecha.

Todos anunciaron devaluaciones, ajustes, baja de impuestos y algunos esbozaron propuestas más absurdas como la dolarización. En cada una de esas palabras está implícita la baja de salarios, de jubilaciones, de políticas sociales, de la inversión en obras públicas y de subsidios para estimular la industria nacional. Y el conjunto resulta en ganancias extraordinarias para el capital concentrado, los exportadores y los especuladores, reducción del mercado interno, más parálisis, cierre de medianas y pequeñas empresas y aumento de la desocupación.

Una encuesta entre los empresarios arrojó que la figura que generó más simpatías en ese ambiente fue Patricia Bullrich, la exministra de Fernando de la Rúa y Mauricio Macri y cuyo discurso está apenas un rango por debajo del voltaje violento y amenazante del de Milei. Cualquiera de esos personajes representa un escenario negro para trabajadores, empleados, desocupados, profesionales y pequeños y medianos industriales y comerciantes que hoy están muy castigados por la disparada de precios y del dólar.

El debate interno en el Frente de Todos estuvo muy marcado por la incomunicación entre Cristina Kirchner y Alberto Fernández. En ese tiempo, hubo una condena sin pruebas contra la vicepresidenta y un intento de magnicidio contra su persona. Es probable que el Presidente haya creído que su autoridad fuera afectada por la presencia tan fuerte de Cristina Kirchner y haya querido atenuar ese efecto para fortalecer su posición. Pero el resultado no fue mayor fortaleza, sino debilitamiento.

La decisión de Alberto Fernández despejó una incógnita que se planteaba en el proceso de elección de los candidatos del Frente de Todos para estos comicios. El efecto corrosivo de la inflación hizo tomar distancia a todos los sectores del oficialismo. Incluso la CGT, cuya conducción constituye uno de los sectores más cercanos al albertismo, emitió esta semana un documento muy crítico.

La decisión presidencial de hacerse a un lado en las elecciones creó una situación también compleja para el oficialismo. Es evidente que esta actitud presidencial no frenará la presión sobre los precios y el dólar, que a esta altura ha mostrado que tiene fundamento político más que económico. Como sucedió antes con Raúl Alfonsin, lo que se está buscando es una salida anticipada del Gobierno con la consecuente crisis política que implicaría.

La crisis es la figura que reclama orden. Y en una crisis, el orden se impone con represión. En conjunto es una forma de disciplinar o apichonar a la sociedad para que se encuadre en forma resignada en los planes de ajuste y empobrecimiento que plantean todos los candidatos de la derecha.

Para el Frente de Todos, ese escenario de máxima al que apuntan las presiones devaluatorias e inflacionarias pasa a convertirse en el acontecimiento a evitar. La decisión presidencial de mantenerse a un lado de la competencia electoral allanó el camino para que el mosaico de fuerzas y corrientes que integra el peronismo y el Frente de Todos, se unifique en el esfuerzo de llegar a fin del período y, al mismo tiempo, que lo haga en una posición competitiva.

Es un cuadro de situación complejo: debe respaldar la normalidad institucional, pero para hacerlo y no perder fuerza, al mismo tiempo tiene que ensayar estrategias más enérgicas que contengan la inflación y la devaluación. Y en ese camino tiene que decidir las candidaturas. Con las manos libres, la oposición tomó la delantera y ya tiene posicionados a varios de sus candidatos en todas las categorías.

Y lo pudo hacer prácticamente sin un discurso que mostrara un camino y candidatos con propuestas diferentes. A lo sumo ha sido una competencia por quién se mostraba más odiador y más a la derecha. El anuncio de Alberto Fernández aparece como el último aviso para el Frente de Todos para armar una propuesta con capacidad de traccionar voluntades.