El fútbol en Argentina nunca ha sido solo fútbol; es el espejo cóncavo donde se reflejan las glorias, los traumas y las profundas contradicciones de su historia política. Existe un hilo invisible pero perverso que entrelaza los destinos de la Selección Nacional con el devenir de un pueblo que parece encontrar en una cancha, la cohesión, la épica y el liderazgo que la realidad institucional y social le niega en las calles.
Por Jesús Marcelo Delise [email protected]
La epopeya de 1986, con Diego Armando Maradona a la cabeza, representa la quinta esencia del mito fundacional peronista de la justicia social y la rebeldía plebeya, Maradona, nacido en el barro de Fiorito, encarnó el espíritu de Perón y Evita: el descamisado que desafía al poder establecido, el estratega que devuelve la dignidad a los olvidados. El partido contra Inglaterra no fue un simple cruce de cuartos de final; fue una catarsis colectiva, una micro-reivindicación histórica tras la tragedia de Malvinas. La «Mano de Dios» fue la picardía criolla que burla al imperio, y el «Gol del Siglo» la demostración de que, aun con el alma rota y las heridas sangrando, el talento y el coraje argentino podían poner de rodillas a la potencia colonizadora. Esos noventa minutos operaron como un paño fresco para un dolor que nunca sana, asociando para siempre la soberanía emocional al pecho celeste y blanco.
En el siglo XXI, el ciclo de Néstor y Cristina Kirchner intentó reconstruir esa épica de la soberanía y los derechos frente a las cenizas del neoliberalismo, devolviendo la centralidad a la política como herramienta de transformación, esa misma búsqueda de reconstrucción institucional y mística popular, encontró su correlato futbolístico en la «Scaloneta», coronada en Catar y sostenida con vigencia hasta esta semifinal de 2026. Lionel Messi, bajo la conducción de Lionel Scaloni, asumió un liderazgo maduro, magnético y resiliente. Si Diego era la insurrección volcánica, Messi en la madurez de su carrera, se convirtió en el conductor táctico y espiritual de un grupo humano inquebrantable, capaz de unificar los anhelos de un país fragmentado.
Sin embargo, el contraste entre el éxito deportivo y el devenir político actual, expone la herida más profunda de la sociedad argentina. Mientras la Selección del 2026 camina con paso firme sostenida por la jerarquía de Messi y la identidad de un proyecto colectivo, el peronismo y el campo popular, sufren una alarmante orfandad de liderazgo.
Esta parálisis ha dejado el terreno fértil para el avance de una derecha avara y corrupta, un virus letal que encuentra como huésped las frustraciones del pueblo para devorar el tejido social, destruir la salud pública, desmantelar la educación formal y entregar la soberanía territorial y económica al mejor postor. En definitiva quienes hoy flagelan la memoria histórica avanzan sin encontrar una contraofensiva política articulada que defienda a los más vulnerables.
Aquí radica la gran paradoja argentina: ¿por qué el pueblo no evoluciona ni reacciona con la misma cohesión con la que vive un partido de fútbol? Abrazados y con lágrimas en los ojos, 47 millones de personas entonan las estrofas del Himno Nacional frente a una pantalla o en las tribunas, pero al día siguiente, aceptan desunidos el maltrato a sus jubilados, la entrega de sus recursos y el olvido de su propia historia. La pasión futbolística parece funcionar como un analgésico social, un refugio de pertenencia frente a una intemperie política donde la solidaridad comunitaria, se disuelve en el sálvese quien pueda.
El destino, siempre caprichoso y dramático, pone ahora a la Selección de Scaloni frente a Inglaterra. Una vez más, los fantasmas de la guerra de 1982 se sientan a la mesa de los argentinos. Los vuelos rasantes y suicidas de los pilotos en el peor de los infiernos, el sacrificio de los conscriptos caídos en las islas y la memoria de los mártires vuelven a proyectarse sobre el césped.
No es justo cargar sobre las espaldas de un plantel de fútbol el peso de la historia, las deudas de la política y el dolor de una guerra. Debería ser un partido más, pero para el inconsciente colectivo de la Argentina no lo será. La historia reclama un nuevo párrafo en un contexto donde el país pelea por su propia supervivencia identitaria. ¿Será mucho peso para esta Selección? El grupo ha demostrado templanza, pero la verdadera incógnita no se resolverá en el estadio; se resolverá el día que el pueblo decida defender sus derechos con la misma dignidad y el mismo fervor con el que cuida la camiseta de su seleccionado deportivo.
Esta editorial no es un reclamo, es más bien la mirada cómplice de lo que somos, son las emociones puestas en una gran paradoja que se debate entre el futbol y nuestra historia. Muy pronto,la selección del mejor jugador de todo los tiempos se enfrentará al imperio británico y seguramente, cada gambeta no solo nos dirá lo que somos capaces de hacer tanto el la victoria como en la derrota. incierto, esta editorial no tiene nada que ver con un reclamo, más bien, son loa sentimientos a flor de piel.


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