El discurso que desnuda las fisura

 

Por Jesús Marcelo Delise [email protected]

La apertura de sesiones en la Cámara de Diputados dejó en claro que el discurso presidencial no fue un acto de unidad ni de construcción, sino un escenario de confrontación. Javier Milei eligió el choque, el tono áspero, la descalificación como estrategia.

En conclusión, intentar vender como un mundo de margaritas dentro de su propio espacio, se traduce en movimientos sísmicos: tensiones internas, gestos de odio que no cohesionan, sino que desgarran. El oficialismo se mostró más como un campo de batalla que como un proyecto sólido.

El contraste más llamativo, sin embargo, fue la respuesta o, mejor dicho, la falta de respuesta del peronismo.

Ante la embestida, lejos de levantar la voz sin olvidar algunos chirridos que Milei esperaba con ansias para completar las letras de su discurso mal leído, se acurrucó debajo de la cama.

No hubo firmeza, no hubo presencia contundente en las afueras del Congreso, no hubo comunicado que marcará un límite, una cosa es poner la otra mejilla, otra muy distinta es dejarse pisotear y aparecer apichonado en el tacho de basura.

El silencio no fue prudencia: fue ausencia de orgullo, de dignidad, de amor propio.

El peronismo entero debería haber estado allí, en la calle, mostrando músculo político, recordando que la democracia también se defiende con presencia.

Hoy debería haber impreso un comunicado de mucha firmeza, no para responder con violencia, sino para dejar claro que no se acepta el atropello. porque cuando un movimiento histórico se repliega sin resistencia, el mensaje que transmite es de resignación, y la resignación, en política, es el primer paso hacia la irrelevancia.

El discurso de Milei no fue un gesto aislado: fue un síntoma, un síntoma de que el oficialismo se alimenta del enfrentamiento y de que la oposición, si no reacciona, corre el riesgo de convertirse en espectadora muda de su propio desplazamiento.

La política no se hace desde la cama ni desde el silencio, se hace en la calle, en el Congreso, en la palabra firme, y ayer, esa palabra faltó.

 

La cadena del vacío

Milei llegó al recinto pasada la hora pactada, y ya desde las inmediaciones del Congreso se percibían manifestaciones que anticipaba el clima de la jornada.

Su ingreso no fue un gesto protocolar: ignoró a la presidenta del Senado, quien respondió con altura, pero también con un fuerte “pecheo” político hacia la hermana del presidente, Karina Milei. Ese cruce inicial, marcó el tono de lo que vendría.

Cuando comenzó el discurso, apenas al segundo, se evidenció la agresión hacia la oposición, no fue un mensaje de apertura, sino una cadena nacional cargada de odios y confrontaciones desmedidas.

El camino que trazó fue el de la polarización extrema, sin espacio para el diálogo ni para la construcción de consensos, lo que quedó fue un vacío, un experimento con poca audiencia, sin anuncios relevantes que pudieran aliviar los momentos difíciles que atraviesa la Argentina.

El discurso se redujo a un libreto repetido: el kirchnerismo, los “kukas”, como los únicos culpables de todos los males que azotan al país.

Una narrativa que se presentó como si fueran las siete plagas de Egipto, pero en versión libertaria, sin propuestas concretas, sin medidas que respondan a la urgencia social, el mensaje presidencial se convirtió en un acto de acusación permanente.

La escena dejó en claro que el oficialismo apuesta a la confrontación como motor político, mientras la oposición se debate entre la pasividad y la falta de reacción.

El resultado es un país atrapado en un discurso vacío, donde las palabras no construyen futuro, sino que profundizan la grieta.

 

Gobernabilidad en riesgo y mirada internacional

El discurso presidencial no solo dejó expuestas las tensiones internas y la falta de propuestas concretas, sino que también abre interrogantes sobre la gobernabilidad. Una cadena nacional cargada de confrontaciones, sin anuncios que alivien la crisis, erosiona la capacidad del gobierno de construir consensos mínimos, gobernar desde el ataque permanente convierte al Congreso en un ring y a la oposición en un blanco, pero no en un interlocutor válido, esa dinámica, lejos de fortalecer, debilita la institucionalidad.

En el plano internacional, la imagen proyectada tampoco es inocua, los mercados, los organismos multilaterales y los gobiernos extranjeros observan con atención cada gesto.

Un discurso vacío de medidas económicas y saturado de acusaciones transmite incertidumbre y fragilidad, la Argentina aparece como un país atrapado en la retórica de la confrontación, sin un horizonte claro de políticas públicas, la narrativa de las “plagas libertarias” puede servir para galvanizar a una base interna, pero hacia afuera se traduce en desconfianza y aislamiento.

La gobernabilidad requiere puentes, no trincheras, y la política exterior necesita credibilidad, no cadenas nacionales que refuercen la idea de un experimento improvisado.

Si el oficialismo insiste en el camino del enfrentamiento, corre el riesgo de quedar encerrado en su propio relato, mientras la realidad social y económica exige respuestas urgentes.

El desafío, entonces, no es solo interno: es también cómo reposicionar a la Argentina en un mundo que demanda estabilidad y seriedad, porque sin gobernabilidad sólida y sin confianza internacional, el discurso se convierte en ruido, y el país en un espectador de su propio deterioro.

El despertar necesario

Como ya dije y disculpen si soy repetitivo, el discurso de Milei no fue un acto de gobierno, fue un acto de guerra, y frente a esa guerra, el peronismo eligió el silencio. Esa pasividad no es prudencia, es claudicación, el oficialismo construye poder desde el odio y la confrontación, y la oposición, si no reacciona, quedará reducida a un papel decorativo en la historia.

El peronismo tiene la obligación de recuperar la voz, la calle y la dignidad. No se trata de orgullo vacío, se trata de supervivencia política y de responsabilidad histórica, no alcanza con acurrucarse debajo de la cama mientras el país se incendia.

La sociedad espera firmeza, espera liderazgo, espera que alguien marque un límite.

El tiempo de las excusas terminó, o el peronismo despierta de su letargo y enfrenta con decisión el atropello, o quedará condenado a ser un espectador apichonado en el tacho de basura de la política argentina.

La historia no perdona a los que se rinden sin pelear.