El cerco de EE.UU. a Lula y al proceso electoral brasileño

Especialistas señalan que la intromisión de la administración Trump tiene pocos antecedentes desde el fin de la Guerra Fría, y recuerdan que la iniciativa Escudo para las Américas, amplía las fronteras legales y garantiza cierta impunidad a las intervenciones directas que Washington busca imponer sobre cualquier país.

Mientras las noticias procedentes de Brasil dan cuenta de los resultados de las últimas encuestas electorales, analistas y académicos insisten con sus advertencias sobre la peligrosa injerencia de Estados Unidos en las próximas elecciones. En la recta final de las campañas de Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, los especialistas señalan que se trata de una intromisión con pocos antecedentes desde el fin de la Guerra Fría, y recuerdan que la iniciativa Escudo para las Américas, lanzada por Donald Trump, amplía las fronteras legales y garantiza cierta impunidad a las intervenciones directas que Washington busca imponer sobre cualquier país.

En ese esquema, lo que ocurre en Brasil no es una sospecha marginal ni una teoría conspirativa sin fundamento, según pudo desprenderse de las alertas que se activaron en agencias estatales de inteligencia, las denuncias realizadas en el seno de la Asamblea General de las Naciones Unidas y la preocupación que se hizo pública en el interior del propio Congreso de EE.UU.

Con matices, la conclusión es que Trump concibe a América Latina y el Caribe como una esfera de influencia, donde los gobiernos que pretenden preservar su autonomía deben ser disciplinados. Esta postura fue ratificada a través de lo que muchos consideraron una amenaza, cuando el líder republicano anunció en la ONU que estaba dispuesto a utilizar su «poderío militar sin igual» para asegurar sus intereses en América Latina.

Desde Beijing, las elecciones brasileñas suelen ser observadas como parte de un proceso regional más amplio. La candidatura de Lula da Silva para un nuevo mandato es, en este contexto, uno de los máximos ejemplos de la renovada Doctrina Monroe que Estados Unidos está dispuesto a imponer con todas las herramientas a su alcance.

«La democracia está nuevamente en jaque, volvemos a presenciar la injerencia externa en procesos electorales. Brasil no cabe en el patio trasero de nadie», respondió el presidente brasileño al llevar las presiones a la tribuna de la ONU. En Recife, su bastión electoral, agregó que un voto a favor de su rival Flávio Bolsonaro equivalía a respaldar a alguien «que va a dormir enrollado en la bandera de Estados Unidos».

La frase sobre el alineamiento automático a los intereses de Estados Unidos no surgió de la nada, y tuvo que ver con el punto crítico que alcanzó el vínculo bilateral, como consecuencia de la guerra comercial que EE.UU. declaró este año. Los datos de la Cámara Estadounidense de Comercio indican que en el primer semestre de 2026 las exportaciones de Brasil a Estados Unidos sumaron 17.400 millones de dólares, con una caída de 13% respecto al mismo lapso del año pasado. Tras este descenso, la participación estadounidense en las exportaciones brasileñas se redujo a 9,4%, el nivel más bajo desde 1997.

Las presiones excedieron el terreno estrictamente comercial y se convirtieron en un asunto político de primer orden, cuando la Agencia Brasileña de Inteligencia elevó a nivel «crítico» el riesgo de interferencia externa en los comicios. El informe reservado, distribuido a la Presidencia, al Tribunal Superior Electoral y al Ministerio de Justicia, registró una presión creciente de Washington sobre Brasilia, al tiempo que identificó a Brasil como un caso particular dentro de una estrategia más amplia de control de Estados Unidos sobre América Latina, orientada a reducir el peso de potencias rivales con presencia en la región.

El diagnóstico de la inteligencia brasileña encontró un inesperado eco en el Congreso estadounidense, donde treinta congresistas demócratas firmaron una inusual carta dirigida al secretario de Estado, Marco Rubio. Con Bernie Sanders a la cabeza, los legisladores expresaron su preocupación por la campaña orquestada en Brasil, una intromisión que ya habían observado en los últimos procesos electorales de Argentina, Colombia y Honduras.

Señalaron el verano de 2025 como el momento en que se intensificó esa ofensiva contra el gobierno de Lula da Silva, mediante aranceles y sanciones selectivas destinadas a influir en el fallo de la Corte Suprema brasileña sobre el juicio contra Jair Bolsonaro, padre del actual candidato. La carta también mencionó una visita prevista de dos funcionarios del Departamento de Estado que tenían como objetivo cuestionar la integridad del sistema de votación brasileño, considerado entre los más fiables del mundo por especialistas de distintos países.

Otro de los instrumentos de esa injerencia fue el citado Escudo de las Américas, que Trump presentó este año. La iniciativa reclasifica a grupos criminales como narcoterroristas, ampliando el margen legal para eventuales intervenciones directas de Washington en otros países. Varias naciones, hoy gobernadas por partidos de derecha, ya se incorporaron. Flávio Bolsonaro prometió que, en caso de ganar, sumará a Brasil.

Todo este movimiento de piezas regionales explica por qué Vinicius Vieira, profesor de Relaciones Internacionales en la Fundación Getulio Vargas, emplea el concepto de «encirclement» para describir la situación. «Lo que vimos en la ONU, tanto en los discursos como en lo que ocurrió posteriormente con el Escudo de las Américas, es una demostración de que Estados Unidos busca, literalmente, cercar a Brasil», afirmó.

La lectura de Vieira coincide con la de académicos como Maurício Santoro, politólogo de la Universidad del Estado de Río de Janeiro, quien sostiene que no se observaba una interferencia de esta magnitud desde el regreso a la democracia de los años ochenta. Fernando Romero Wimer, de la Universidad Federal de Integración Latinoamericana, ubica estos comicios como los más internacionalizados desde el fin de la Guerra Fría. «La reclasificación del narcotráfico como narcoterrorismo – observa – amplía las posibilidades operativas de una intervención estadounidense».

Hay un episodio que conviene recordar, aunque no sea brasileño. En 2019, durante las elecciones bolivianas que dieron vencedor a Evo Morales, Washington prefirió reconocer a un gobierno interino que no había ganado las urnas, presionando para que se repitieran los comicios. Fue un precedente de la misma lógica. Lo que cambia ahora es el repertorio. Las herramientas se ampliaron, los márgenes legales se estiraron y la coordinación con gobiernos vecinos se volvió más explícita.

Lo que no se ve en los cables de las agencias de noticias es el efecto acumulativo. Cada sanción, cada arancel, cada advertencia sobre la integridad del sistema electoral deja una marca. El sistema político brasileño sigue funcionando, pero opera bajo una presión inédita. Brasil votará con un ojo puesto en Estados Unidos como no había ocurrido nunca.

La defensa de la democracia y los derechos humanos funciona como retórica cuando conviene a los intereses estadounidenses. Cuando un gobierno latinoamericano ejerce una política exterior independiente, esa retórica se desplaza hacia otras prioridades.