Cuanto más avanza el análisis sobre las características cruciales de los neoemperadores, más pregnante y difícil de ignorar se vuelve el espectro del escepticismo. Los días de la Revolución quedaron lejos, y la relación entre los neoemperadores y las megacorporaciones que los sostienen los vuelve fácilmente sustituibles e inatacables. Para transformar estas dos ilusiones se trata de inventar nuevas condiciones para una sociedad transformada: instituciones capaces de producir pertenencia sin homogeneización, lenguajes capaces de nombrar conflictos que no conduzcan a la guerra, temporalidades capaces de reabrir el futuro sin negar la intemperie del presente.
El neoemperador parece ocupar hoy todo el horizonte. Su figura se expande en distintos continentes, bajo estilos diversos, con dispositivos políticos distintos, pero con la misma lógica y la misma promesa de cerrar aquello que no puede cerrarse.
El mando duro aparece entonces como respuesta a una época donde los sujetos experimentan la fragilidad de sus propias vidas. La promesa de orden no responde solamente a una estrategia política; responde también a la necesidad subjetiva de búsqueda de una autoridad capaz de detener la deriva. Sin embargo, en esa promesa se encuentra también su límite.
Ningún poder puede eliminar la división constitutiva del sujeto. Ninguna autoridad puede cerrar definitivamente el antagonismo que atraviesa lo social. Allí donde el neoemperador promete clausura, lo que produce es su intensificación. La humillación pública y el castigo a los que todavía gritan su disidencia aparecen entonces como sustitutos de la soberanía. El poder se vuelve cada vez más tiránico porque intenta cubrir una impotencia estructural.
En este punto, el psicoanálisis introduce una advertencia decisiva: el sujeto no coincide consigo mismo; está atravesado por el lenguaje, dividido por el deseo y expuesto a la finitud. Por eso toda política que prometa una reconciliación total termina exigiendo sacrificios extremos. La persistencia del conflicto y la imposibilidad de una armonía final introducen un límite a toda pretensión de dominio absoluto. Ningún orden puede absorber completamente el resto indómito de lo humano.
El neoemperador se sostiene precisamente en la promesa de cerrar ese resto. Su fuerza proviene de esa promesa, pero también allí se encuentra su debilidad.
Distintos pensadores del siglo XX, a través de proyectos teóricos diversos, supieron discernir y subrayar en el ser humano un momento insondable de libertad imposible de eliminar. Estos pensadores siempre insistieron en que, aun estando la existencia atrapada en las condiciones más invivibles, persiste en el sujeto una frágil pero irreductible capacidad de decidir, incluso de elegir la propia muerte antes que aceptar la que pretende imponer el enemigo.
Esta decisión ineliminable es la que debe intentar alcanzar el cenit de lo social a través de los vínculos humanos. Solo a través de ellos puede lograrse una existencia distinta a la que propone el neoemperador.
*Extracto del libro Neoemperadores, editorial Ned, de próxima aparición en Argentina.
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