Héroes nacionales, víctimas de la dictadura

Héroes Nacionales, Víctimas de la dictadura,

el golpe certero que nos une sin ataduras.

Jóvenes caídos, dolor que duele hasta el alma,

nuestra historia que no calla, nunca está en calma.

 

 

Por Jesús Marcelo Delise [email protected] 

 

En la memoria de un país no caben los silencios impuestos, la dictadura no solo arrasó con cuerpos y proyectos, también intentó borrar la voz de quienes se atrevieron a soñar con justicia. Hoy, cuando evocamos a nuestros héroes nacionales y a las víctimas, no hablamos de nombres lejanos, hablamos de vecinos, de compañeros, de familias que todavía esperan respuestas.

La historia nos recuerda que hubo quienes resistieron con dignidad, aun sabiendo que el precio podía ser la vida. No fueron mártires abstractos, fueron personas de carne y hueso que defendieron la libertad, la educación, la cultura, la solidaridad. Su legado no puede quedar reducido a placas en una plaza: exige acción, exige memoria activa.

El reclamo es claro y urgente. No basta con conmemorar; necesitamos justicia plena, reparación verdadera, y políticas que garanticen que el “Nunca Más” no sea una consigna vacía. Cada desaparición, cada exilio, cada silencio forzado es una herida que todavía supura en nuestra democracia. Y cada herida nos obliga a levantar la voz.

Este editorial no pretende ser imparcial: es un grito, no busca tomar una atajo, sino poner el foco en una mirada personalísima del porque héroes y por qué víctimas,  porque recordar es también reclamar, porque la memoria no es un museo, es un compromiso cotidiano, porque los héroes y las víctimas de la dictadura nos enseñaron que la dignidad no se negocia, y que el futuro solo se construye con verdad y justicia.

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Para ubicarnos en la problemática, es necesario tener presentes algunos elementos históricos:

Ciento cuarenta y nueve años después de que Inglaterra invadió las Islas Malvinas, la Argentina las recuperó para la soberanía nacional el 2 de abril de 1982, en consecuencia, El Reino Unido, envió su fuerza aeronaval con el objetivo de reconquistar las islas, imponiendo entonces la guerra.

El aspecto fundamental que hace a la complejidad de la problemática radica en que esta acción fue decidida y dirigida por la nefasta dictadura cívico militar que derrocó al gobierno peronista en 1976 y cuya conducción política y militar de la guerra puede calificarse, por numerosos motivos, como irresponsable, negligente y criminal, incluso favoreciendo con sus acciones la derrota de nuestras tropas argentinas.

Durante el conflicto bélico, los caídos del lado argentino fueron 649, entre soldados conscriptos, suboficiales y oficiales de las Fuerzas Armadas, Gendarmería, Prefectura y civiles, entre ellos los pertenecientes a la Marina Mercante.

Del bando inglés, las bajas reconocidas oficialmente son 255, aunque estas cifras, han sido seriamente cuestionadas, teniendo  en cuenta las enormes bajas materiales y la estricta confidencialidad con que Inglaterra mantiene aún sus archivos vinculados a la guerra.

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En los casos en que fue posible, los argentinos caídos en combates terrestres fueron enterrados por sus propios compañeros en los lugares en los que murieron. Una vez finalizada la guerra, en febrero de 1983, las tropas británicas que ocupaban las Islas, al mando del oficial inglés Geoffrey Cardoso, con la supervisión del Comité Internacional de la Cruz Roja, trasladaron los cuerpos y los inhumaron en el lugar que hoy ocupa el cementerio. Esta acción británica constituyó una violación a las reglas del Derecho Internacional.

Para comprender el modo y el lugar en el que los ingleses enterraron a los argentinos, es necesario analizar, por un lado, el tratamiento diferencial que Gran Bretaña tiene con sus muertos en relación con los de su enemigo; y, por otro lado, el carácter excepcional con el que enterró a sus propios

Caídos en la Guerra de Malvinas.

En el sentido de inglaterra, debemos tener presente que se trata de una nación con una historia atravesada por numerosas guerras que primero les permitieron expandirse colonialmente y luego, ya en el siglo XX, posibilitaron su expansión imperialista. Históricamente, los ingleses han enterrado a sus muertos en el lugar en el que cayeron. De hecho, fue el poeta y novelista británico nacido en la India, Rudyard Kipling, quien teorizó la importancia de que fueran enterrados donde habían caído combatiendo. Esto serviría para recordarles a las poblaciones locales y a las futuras generaciones no sólo la firme voluntad del Imperio Británico, sino también que por allí combatieron sus súbditos y, por lo tanto, algún día podrían regresar.

Esto se convirtió en dogma para las tropas británicas y, como contrapartida, siempre buscaron evitar que sus enemigos hicieran lo mismo. Esto explica por qué en varios continentes hay cementerios con bandera británica, dólmenes y memoriales construidos bajo un formato estandarizado y administrados por la Comisión de Tumbas de Guerra de la Comunidad Británica de Naciones. Sin embargo, en el caso de Malvinas, decidieron enterrar en San Carlos sólo a 14 de los 255 muertos reconocidos oficialmente.

 

El final de la Guerra de Malvinas

40 años de Malvinas: día a día qué pasó en Argentina durante el conflicto bélico del Atlántico Sur

Abril – junio de 1982, inicia el último año de la dictadura militar que gobernó en la Argentina entre 1976 y 1983.

En ese contexto, dominado simbólicamente por las denuncias por violaciones a los derechos humanos y la conformación de la imagen pública de los desaparecidos, las primeras agrupaciones de ex soldados combatientes encontraron notables dificultades para participar en la discusión pública a partir de su reivindicación de la experiencia bélica. Esta humilde redacción, analiza las tensiones entre esta voluntad de participación y los sentidos que el primer gobierno democrático asignó al conflicto armado del Atlántico Sur.

Hasta la guerra de Malvinas, el último conflicto bélico a gran escala convencional librado por la Argentina fue la Guerra del Paraguay (1865-1870). Como resultado, hacia 1982 el repertorio patriótico asociado a la guerra se nutría fundamentalmente del que había sido acuñado a finales del siglo XIX para conmemorar las guerras de la Independencia, evocadas como fundacionales de la Argentina moderna.

En este esquema común a muchas naciones modernas, los estados republicanos reemplazan la noción de “gloria” militar por la de “sacrificio”. Los soldados caídos en combate protagonizan la máxima entrega en la defensa de los valores patrios, esa muerte es tanto un deber como un ejercicio de los derechos cívicos.

Dijo Raúl Alfonsín:

«Hoy 2 de abril vengo aquí a evocar con ustedes, delante de este monumento, a nuestros caídos en batalla, a esos valientes argentinos que ofrendaron su vida o que generosamente la expusieron en esa porción austral de la patria».

Si bien es cierto el gobierno nefasto, usó la fuerza y no reflexionó sobre las tremendas y trágicas consecuencias de su acción, no es menos cierto que el ideal que alentó a nuestros soldados fue, es y será el ideal de todas las generaciones de argentinos: la recuperación definitiva de las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur.

Cuántos ciudadanos de uniforme habrán deseado dejar sus cuerpos sin vida entre las piedras, la turba y la nieve, después de haber peleado con esfuerzo y osadía. Pero Dios vio a los virtuosos y de entre ellos los valientes y los animados, de entre los dolidos y los apesadumbrados eligió a sus héroes.

Eligió a estos que hoy memoramos, ungidos por el infortunio sin los laureles de la victoria. Estos muertos que hoy honramos, son una lección viva de sacrificio en la senda del cumplimiento del deber,esas trágicas muertes refuerzan aún más la convicción que tenemos sobre la justicia de nuestros derechos.

Malvinas: 40 años extrañando el coraje de Alfonsín | TNEn sus palabras, Alfonsín no deslegitimó el reclamo de soberanía, como así tampoco el sacrificio, la entrega y las motivaciones de quienes habían combatido en las islas, pero en sus palabras los combatientes no son soldados, son “ciudadanos de uniforme”: el ideario patriótico que los ha llevado a combatir, además del componente guerrero propio del discurso castrense, es el de la Argentina republicana que el presidente radical tanto estaba intentando retomar como refundar.

Estos ciudadanos, además, son “virtuosos” y “héroes”; su muerte, un compromiso con los reclamos de soberanía, pero son héroes en la derrota: son la advertencia de que la satisfacción del reclamo de justicia debe ser buscada por otras vías que la de la violencia”.

Los soldados habían sido “ungidos por el infortunio”. Pero lo que los había vuelto “santos” no era sólo que habían sido derrotados a manos de los británicos, sino la dictadura que los había enviado a combatir.

Una vez producida la derrota, la brevedad de la guerra, y las formas en las que circuló la información sobre su desarrollo, crearon sobre todo en los grandes centros urbanos que a la vez habían estado más expuestos al bombardeo informativo y propagandístico, la sensación de un engaño muy grande, proporcional a la sorpresa de un fracaso que muchos vivieron como inesperado.

Cuando terminó la guerra, un semanario publicito el envío de un corresponsal a las islas para explicar lo que consideraba las cuestiones más urgentes para la sociedad:

“Por qué perdimos».

«Cómo perdimos».

«Por qué no se pudo destruir la cabeza de playa inglesa en San Carlos».

«Qué piensan los soldados profesionales ingleses de los jóvenes soldados argentinosݩ.

«Por qué murieron 10 soldados argentinos por cada soldado inglés». «Cuántos soldados argentinos murieron».

Una encuesta publicada en agosto de 1982 por el semanario El Porteño, permite ver que la demanda social iba en tres direcciones: saber lo que había sucedido en las islas, exigir responsables y reconocer el sacrificio de los que habían peleado en ella:

Como argentino, en lo personal, me llama poderosamente la atención la falta de homenaje a toda la muchachada que ha vuelto del Sur, como si solo hubiésemos tenido una película bélica que llego a su fin pasando con pena y apenas poca gloria. Lo cierto, es que por aquel entonces casi no se le había rendido el menor de los respetos a ellos y a quienes no han podido regresar.

Yo creo que sobre toda las cosas,  nos han estafado, nos hicieron ver una realidad ficticia y hasta pienso que parte de ella quisieron guardarla en el cajón del olvido.

Convengamos que la única forma que tenemos de salir a flote es apoyando a la juventud, a esa juventud que la gerontocracia militar envió al frente de combate, pero claro, no es la primera vez que la juventud va a la primera línea de combate, en definitiva, la historia tiene mucho para contar al respecto. No quiero plantear una lucha contra la gerontocracia, sino que simplemente pido que se apoye a la juventud, se compartan sus ideas y se los guíe correctamente.

El pueblo creyó, la guerra que le mataba a sus hijos era algo serio, el sacrificio que le imponían al gobierno era por una razón justa y la muerte de sus hijos era un hecho honorable para conseguir un país digno y sin colonialismos.

Tarde comprendió que la guerra para el gobierno no era más que un juego y que poco le importaba el resultado, más su único objetivo y esto es a manera personal que lo dogo, era salvar las papas que se estaban quemando detrás de un estallido social.

Los fragmentos muestran un deseo de reconocimiento hacia los jóvenes soldados, caracterizados como víctimas del cálculo militar, y la sensación de los ciudadanos de que habían sido estafados en su buena fe por un poder que había gozado de impunidad hasta Malvinas. Estas sensaciones fueron exacerbadas por la difusión de los primeros relatos acerca de la guerra, las mismas publicaciones que habían alentado el desarrollo del conflicto. La derrota en Malvinas, abrió una puerta para cuestionar al régimen militar y acelerar las exigencias de convocatoria a elecciones y la “normalización institucional”:

¿Los soldados argentinos que murieron en las Malvinas, lo hicieron para recuperar las islas o para que hubiera elecciones?

Paz, pan y trabajo”: la consigna de la CGT que unió a la sociedad en un repudio masivo y anticipó la crisis final de la dictadura - Infobae

Esta es una de las preguntas más urgentes que se hace la gente que me a hostigado a través de los años seguramente porque necesitaba saber dónde está parado en estos momentos en que el desconcierto también es general parecía general

Parece que no hubiera pasado nada y por momentos es tan incómodo hablar de la guerra y sus consecuencias como mentar la soga en casa del ahorcado.

Salimos del triunfalismo de la guerra, que según muchos iba a cambiarlo todo y entramos en el triunfalismo de la democracia como si fuera otra fórmula mágica arréglalo-todo.

La guerra de Malvinas debe ser pensada también en el marco de este proceso cultural en el que, si algunos son héroes, lo son por enfrentar las experiencias a las que los someten las mismas sociedades que defienden, y no solamente y acaso ni siquiera sea importante esto último al enemigo al que marcharon a enfrentar.

Esta mirada debe ser criticada históricamente, por un lado, porque lleva a desconocer experiencias históricas específicas constitutivas del período post dictatorial, pero más ampliamente, porque la despolitización que constatamos en las memorias de la guerra de Malvinas se transforma en una última ratio analítica en la que, en tanto todos los combatientes son víctimas, nada diferencia a los bandos enfrentados: ni los motivos, ni los fines, ni los métodos. Y esta precaución crítica excede al conflicto bélico del Atlántico Sur, para abarcar más ampliamente a las lecturas históricas sobre el pasado reciente argentino.