El ídolo y el espejo: Messi, el deporte argentino y el peso de la imagen

Camina la cancha, observa la jugada y en menos de un segundo construye una realidad que pocos ven. El mejor del mundo acelera con el instinto de un animal hambriento, levanta las manos, señala su lugar… y de repente, la esfera más deseada del deporte mundial está en sus pies.

 

Por Jesús Marcelo Delise [email protected]

 

 

 

El 10 pisa la pelota, hace una observación precisa hacia los cuatro puntos cardinales y en segundos, sintetiza en tiempo y espacio un momento inolvidable. El genio frota la lampara, toma aire y como un acto de reflejo se lanza a una coreografía que transforma el toda la realidad en fantasía, los hinchas enloquecen, los segundos se eternizan, el estadio se convierte en un solo grito de gol. Es magia. Es Messi.

Pero más allá del campo, el deportista argentino como Maradona, como Fangio, como Sabatini, como Ginobili, no solo desarrollan su lado atlético, sino que a su vez se transforma en un símbolo, un espejo donde millones se miran.

Su gesto, su silencio, su elección, su foto… todo pesa. Porque en Argentina, los ídolos deportivos no solo ganan partidos: construyen identidad, inspiran valores y a veces, definen líneas éticas.

Y ahí está el dilema, cuando Messi se saca una foto con Donald Trump, un líder cuestionado globalmente por políticas migratorias, discursos divisivos y acusaciones de abuso de poder, marca un precedente. No se trata solo de un encuentro casual, se trata de una elección simbólica.

¿Fue desconocimiento? ¿Compromiso profesional? ¿O una omisión que, en un mundo donde cada gesto de un ídolo se magnifica, se convierte en mensaje?

Messi no es un político, no debe ser juzgado como tal, pero tampoco puede ignorar que su imagen, su aura, inevitablemente trasciende el campo. Un ídolo mundialmente reconocido como Messi se muestra, aunque no lo quiera como un portador de un legado: el de un país que, desde Maradona hasta Vilas, desde Aymar hasta Ginobili, ha visto en sus deportistas no solo campeones, sino embajadores de valores, y cuando se elige posar junto a figuras cuyas políticas contradicen esos valores, incluso si es por cortesía, por protocolo o por desconocimiento, se genera un conflicto simbólico.

No se trata de exigirle que sea perfecto. Se trata de reconocer que, en la era de la hiper-visibilidad, la indiferencia también es una postura. Cuando se rechaza llevar la copa a la Plaza de Mayo por no “generar un acto político”, pero se acepta una foto con quien ha sido acusado de fomentar divisiones y violencia institucional, el mensaje se vuelve ambiguo.

Messi, el arquitecto del fútbol, sigue escribiendo su obra, pero ahora, más que nunca, cada pincelada se lee como compromiso que no puede eludirse.

Los argentinos orgullosos, críticos, enamorados no solo lo miran jugar, lo miran vivir, porque si el deporte es arte, también es ética, y si el ídolo es espejo, debe reflejar lo que quiere que el mundo vea.

 

No basta con ser el mejor en el campo, hoy, ser ídolo también significa elegir con qué mundo se quiere posar.