Como está claro que el transporte público es un riesgo de contagio, se toman todas las medidas posibles. Se seguirá subiendo por la puerta de atrás, quedarán libres los dos primeros asientos y el chofer estará aislado por una cabina hecha con lona o con otro material. El chofer será “el capitán del barco”, o sea es el responsable de que el aislamiento sea el que corresponde y que no haya personas paradas.

La idea es que la mayor cantidad de unidades permita que se mantengan las distancias.

Subte

El diagrama será el de un día hábil anterior a la epidemia. También en ese servicio se desarrollará una batalla decisiva para mantener la cuarentena.

Habrá más estaciones abiertas, en total unas 50, algo parecido a dos estaciones cerradas, una abierta, dos cerradas, una abierta y así sucesivamente, en cada recorrido. La idea de estos cierres es que no haya viajes cortos, es decir que el pasajero que debe hacer 10 o 15 cuadras no se suba al subte sino que camine.

Controles

Está claro que las fuerzas de seguridad mantendrán los controles a la entrada y salida de trenes y subtes. En todos los casos se exigirá el permiso de circulación. También habrá controles sorpresa en los colectivos y, por supuesto, al pasar del Gran Buenos Aires a la Ciudad, y viceverse.

Pero, además, habrá personal de Trenes Argentinos dando paso y también circularán inspectores de la Comisión Nacional de Regulación del Transporte para tratar de evitar las aglomeraciones.

Los especialistas del Comité de Crisis no dictaminaron sobre el uso de barbijos en el transporte, pero por separado se mostraron más a favor que en contra. El viaje en colectivos, trenes y subtes es el momento crítico en el peligro de contagio.

Si todo sale como está previsto, no debería superarse la cifra tope de 900.000 pasajeros el lunes, cinco veces menos que en un día laborable normal de antes de la pandemia. Y al final del día se evaluará si se puede seguir así o hay que hacer cambios, porque la orden categórica es no correr riesgos.